jueves, 25 de diciembre de 2014

Muerto, bien muerto

Siempre he tenido la sensación de que los grandes premios se ganan gracias a grandes muertos, por lo menos a lo que los periodísticos se refieren. Y si no son grandes los muertos, cuanto menos, carismáticos.

Muchas mañanas, cuando escribir es maltratar más de la cuenta la inspiración burlona,  callada, me entran ganas de hacer de mi columna un anuncio por palabras y ya de paso escribo una en busca de otra: “Se busca muerto de urgencia, a ser posible con honores y prestigio. Abstenerse simplones. Gracias”. Mi paisano José Zorrilla a la cabeza,  sin otro galardón que la fama, que por otro lado es la simplificación del resto, apostrofó el cadáver de Larra a los pies mismos de la tumba siendo todavía imberbe. Después, González Ruano haría de las lágrimas un arte y del papel prensa un panteón de efímera eternidad. Campmany lo enterró a él en los periódicos como se despide a los míticos, por la puerta grande y le valió el Cavia de aquel año 1966. En esta misma casa, a Umbral que era el maestro de todos, lo despidió Ignacio Camacho con un artículo, que se merecía el premio que ganó, y dos.

Yo busco nostálgico y nervioso por si no llega. Y si al final uno tiene la suerte de encontrarlo, un muerto bien muerto, contentos los dos, uno hecho eternidad y el otro con su artículo. Pensando en muertos me vino a la mente José Bergamín, “que murió siendo un poco comunista”. Y es que hay que morir siendo un poco de algo, que morir siendo mucho, para toda la eternidad puede acabar cansando.

Busco mi muerto particular para ganar no sé aún qué premio. Y no le busquen actualidad al tema, que los muertos siempre lo están. Tampoco le busquen tres pies a la columna, que a veces hay que separarse un poco de la actualidad para ser más objetivos con lo que nos rodea.

Guillermo Garabito

Publicado en ABC. 13 de diciembre de 2014

Miguel Ángel Soria para Navidad

Del Valladolid de los Enríquez o del Cipriano Salcedo de Delibes nos quedan nada más que diez o doce edificaciones muy bien conservadas y un luto íntimo por las que ya no están. El resto se vieron sometidas al progreso de piqueta y modernización mal entendida. Y le pesa a esta ciudad la memoria como una letanía amarga del pasado que no supo conservar… que le quitaron. Las callejas y plazuelas, sentido personalísimo y provinciano, ahora son calles cosmopolitas, de capital. A pocas les queda ya esa austeridad conventual y mística de la calle Santo Domingo de Guzmán, con tapial que soporta penitentemente el tiempo o aquellas otras con empaque de linajudos palacios.

Por suerte, tenemos hombres inquietos e incansables que día a día se empeñan en rescatar los flecos de la Historia que se perdieron y el gran pintor e ilustrador Miguel Ángel Soria es uno de ellos. Miguel Ángel, que se mete en faena cuando se le habla de toros porque de familia le viene el arrojo por el arte taurino, Goyito Soria en el recuerdo, ha presentado la pasada semana en el Museo del Toro el libro titulado “Quiero ser torero”. Y este viernes, de Adviento y luces, en el salón de recepciones de la Casa Consistorial, se presentará su nuevo trabajo “Valladolid. Lugares en la memoria”, una pequeña joya dentro del catálogo editorial del Ayuntamiento, que con acierto publica este volumen donde se cobija la ciudad de nuestros mayores. Un Valladolid entre el Pisuerga y la Esgueva del que siempre escuchamos hablar y pocos llegamos a ver.

Estampas, como aquella Antigua sin arbotantes que siglos atrás acogió las exequias fúnebres de Colón, la de espadaña que rasga el cielo como espiga petrificada de este valle helado, se resguardan en el libro.

A Miguel Ángel Soria, le corre por dentro la necesidad de dibujar lo profundo y maternal de esta Castilla ancha, áspera y longeva. Y para este nuevo trabajo sobre nuestra ciudad, cuenta con un plantel incomparable de colaboradores encargados de los textos; Teófanes Egido, María Antonia Fernández del Hoyo o el profesor Javier Burrieza entre otros.

Hemos compartido proyectos juntos y puedo certificar que Miguel Ángel es un pintor incansable que bucea en los archivos con el pincel y la plumilla entre los dientes. Su dedicatoria en este último volumen dice mucho: “… para que sigamos disfrutando de este Valladolid tan nuestro”


Cuando se acercan las fechas navideñas y se piensa en regalos, libros como éste, son un acierto. 

Guillermo Garabito

Publicado en El Día de Valladolid. 3 de diciembre de 2014

sábado, 6 de diciembre de 2014

Fue Nicolás


José Agustín Goytisolo le dio un caramelo por no haberle escrito un poema como a Julia, sí, a él antes de morir.  Él es el Marianito que pintó Goya; en él inspiró las manos chatas, el rostro todo, pero antojos del tiempo, ay,  hubo que ponerle otro nombre. Fue el niño intemporal de Umbral y sus helechos de meretrices de calleja y cortesanas palaciegas, un emigrante de postín que despidió Valderrama hecho canción. El don Latino de algún ciego por conveniencia.

¡Hay que ver la teatralidad del asunto! Un aventajado principiante “de vodevil en el papel de víctima y villano”, en este circo que es subir audiencias a cualquier precio, a toda costa. Pero el asunto del pequeño Nicolás, por ser radiografía de esta España trepa y caradura –no sólo el–, nos vuelve a conectar a la realidad. Creo que llegados a este punto se conocerá todo, habrá transparencia, pensó alguien… Sabremos que estuvo implicado en la dimisión en pleno de la cúpula del PSOE en Burgos o que desde que no está en circulación, con sus asuntos de Estado, el paro ha vuelto a subir en la región, tal vez por no encontrar un descampado propicio donde instalarnos un Eurovegas pinariego. Si no fue así, pues habrá distraído un rato la atención, pan y circo una vez más.

Tañeron a muerto las campanas en un pueblo olvidado, cerca de Almendralejo, mientras caminaba al presidio acompañando al “desgraciao” de Pascualillo. Dicen que sabía quién era el “elefante blanco” de la jungla capital de aquel febrero incierto, gris que se marchó sin avisar, la lió antes de tiempo. Le pone Iglesias una vela cada noche, junto a Chávez, para que todo siga igual. Nicolás condujo el Jaguar más famoso, entre confeti, encargado de comprar champagne para la fiesta.


Todo esto ha sido, a todos ellos ha conocido. Fue Nicolás el CNI. 

Guillermo Garabito

Publicado en ABC 5 de diciembre de 2014

viernes, 21 de noviembre de 2014

Hacer la revolución


El problema de meterse a revolucionario, es la incertidumbre. La inquietud obsesiva sobre si al final aquello vale para algo o todo quedará en nada.  Los españoles, que somos revolucionarios de café y pincho de tortilla nada más que treinta minutos al día, gastamos nuestra indignación, porque el español funciona a ‘’venadas’’, en las redes sociales en vez de buscar mecanismos para echar a los listos de turno.

El otro día mientras esperaba al autobús, escuchaba la conversación de dos imberbes que decían: ‘’ ¿Has visto que jodieron a pedradas el árbol de Navidad de donde mi tía? ¡Deberíamos hacer lo mismo con los grandes del centro!’’ Y a mí que en las paradas me entra la locuacidad,  les pregunté que esperaban  conseguir con eso. Filosóficos, a la par que meditabundos, me respondieron que fastidiar al alcalde… ¡angelitos! Triste realidad de muchos, que sólo les da por hacer la revolución a cantazos por incordiar. “Para aquellos energúmenos era lo mismo ensamblar las piezas de un puzzle, a fin de formar un cuadro, que coger un cuadro y hacerlo añicos, al objeto de crear un puzzle.”

Inevitablemente se me va la cabeza a cuando Iglesias, Errejón y compañía, lanzan titulares como ‘’el cielo no se alcanza por consenso: se toma por asalto’’ y uno se da cuenta de que no se saben hacer revoluciones civilizadamente.

El problema de meterse a revolucionario es quedarse para siempre en el asunto, no de inconformista que es lo suyo, sino con el estómago vacío y a la testa, ceñido el populismo.

Julio Camba,  mordaz para estos asuntos, decía que tanto con unos o con los otros ‘’la sopa del español sigue estando fría y el gazpacho templado’’.  Rajoy, desaparecido y disimulado, como no da perfil de estatua clásica, anda mirando a ver sí por lo menos vale para momia, mientras lo envuelven los casos de corrupción y lo embalsaman las circunstancias.

Guillermo Garabito

Publicado en ABC. 21 de noviembre de 2014

miércoles, 19 de noviembre de 2014

García Benito en la Diputación

Portada Vogue de G.B.
Con los pies todavía fríos por las prisas y la temperatura del lugar, escribo este artículo con garbo para que llegue en hora. Hago de cronista de ultratumba, de depósito bohemio y almacén caótico bien clasificado, con más arte del que ya quisieran muchos museos con ínfulas.

Gracias a la amabilidad de Concha Gay y Julio del Valle pude visitar los fondos artísticos de la Diputación provincial. Cúmulo extenso de cuadros y escultura donde se agolpan los siglos y el renombre de grandes artistas, que cuelgan bien ordenados y catalogados a lo largo de inmensos paneles.

En ese almacén se le hielan a uno los pies a la temperatura exacta que hay para conservar los pictóricos tesoros. Allí muda, entre los de su gremio reluce, en cantidad y calidad, la obra de Eduardo García Benito, pintor nacido en 1891 en esta ciudad del Pisuerga y la Esgueva, que recorrió el mundo en las mullidas comodidades del éxito. Pero como de todo depara la suerte, también conoció la ruina económica.

Don Eduardo fue becado joven por su talento, trabó amistad con Picasso o Modigliani y triunfó en el París de la época de Juan Gris. Trabajó como ilustrador para publicaciones de la talla de Vogue o Vanity Fair, en aquellos años refulgentes del estilo Art decó -insurrecta corriente contra la austeridad forzada tras la Gran Guerra-. Dibujó innumerables portadas con las que ganaba para vivir todo un mes, a alta velocidad, en el Nueva York del Gatsby de Scott Fitzgeral. Felices años veinte donde todo deslumbraba a ritmo de jazz y excesos. Inopinadamente, la fortuna le hizo ‘’crac’’ en el veintinueve.

Volvió a España, a la Valladolid modesta, provinciana y la Excelentísima Diputación, supo entonces tener la altura de miras de pensionarle hasta el fin de sus días, a cambio de conservar su obra tras la muerte. Los últimos años se le veía comiendo en el Círculo de Recreo y de Nueva York, ya sólo le quedaban chalecos amarillos de terciopelo gastado y recuerdos que paseaba nostálgico por Valladolid.


Hoy, viendo tan fascinante colección, sería gran idea que la Diputación, dentro de su buen hacer cultural, nos brindase a los vallisoletanos y a los foráneos que llagasen atraídos por el cartel, una exposición donde se muestren los lienzos, portadas, dibujos y grabados de García Benito. Pues sus obras son, allí escondidas de las miradas, cadáveres fresquísimos que rezuman arte y soledad. 

Guillermo Garabito

Publicado en El Día de Valladolid, 19 de noviembre de 2014.